Los dedos de Émile volaban sobre las teclas del piano, pulsándolas virtuosamente. El gato llevaba un bombín negro que contrastaba con su níveo pelaje y un chaleco sobre la holgada camisa, recogida sobre sus codos. Tocaba con los ojos cerrados, moviendo las orejas al son de la música, abstraído de todo lo que le rodeaba. Y la verdad es que el entorno no merecía la pena.
El Chatte Douce era un burdel de poca monta, situado en una calle estrecha y sucia. De los ventanales colgaban prendas secándose, ondeando como tristes banderas; lencería y sábanas salpicadas por el pecado. La puerta era de madera maciza tachonada, una fuerte barrera, con una pequeña ventana enrejada por la que asomaban los ojos de Goliat, un ejemplar de pantera enorme y musculoso llegado desde África, cada vez que alguien llamaba. Para entrar al Chatte Douce hacía falta invitación en forma de contraseña y no porque fuera un lupanar de alto postín, que no lo era. Chantal, la regente, tomaba tantas precauciones por una sola cosa: Eran muchos los que la querían en el fondo del Sena, con una piedra atada a la garganta. Chantal no era su verdadero nombre, en realidad se llamaba Azucena y era española, una gineta de cabello negro y ensortijado que brillaba a la luz de las lámparas. Había huido de su casa cuando su padrastro le hizo un bombo que acabó por abortar entre dolores y sufrimiento en la mesa de un carnicero. En Francia fue tomada bajo las alas de un elegante gato negro que la llevó a París. Ella tenía trece años y unos enormes y bellos ojos. Emmanuelle, que así se llamaba, la acogió entre sus muchachos, una reala de chavales de diversas edades a los que adiestraba en las artes del robo y el engaño. Chantal se instruyó en bailar en la calle, con ese aire de gitana suyo, haciendo que la falda roja se arremolinase en torno a sus finos tobillos. Supo cómo distraer a los hombres con la mirada mientras sus suaves manos se deslizaban hacia la billetera. Se hizo experta en retorcerse como una anguila para caber por estrechos huecos de ventanas mal cerradas. Aprendió todo lo que debía saber para vivir entre las callejas parisinas del XIX. Pero la noche que Emmanuelle se deslizó en su lecho y pretendió tocarla, los recuerdos de su padrastro vinieron a su mente y lo mató. Cogió la lámpara y le golpeó repetidas veces en el cráneo hasta que su furia se disipó y observó la sangre tiñendo la cama, el suelo, sus manos y su camisón. El gato estaba tendido, con la cabeza abierta y una mueca de sorpresa. Otra vez huyó. Sobrevivió como pudo, entre robos y pequeños trabajos, camarera, bailarina y cantante. Y él se fijó en ella. Se ganó su confianza. La consiguió. Fue la amante de un duque- del que omitiremos el nombre, aunque no es difícil de adivinar por los detalles- durante años. El duque temido por muchos y odiado por otros tantos, imponente con su cuerna de doce puntas, que paseaba impunemente por Montmartre, y por el resto de París, al que nadie se atrevía a tocar dado su poderío. Era un ciervo de armas tomar. Y, al morir, parte de su renta fue para Chantal, tanto en forma de dinero como en forma de enemigos. Y de ahí tanto recelo.
Esa noche, la salita estaba llena con los habituales que bebían absenta y fumaban, cargando el aire. Tras la barra, una de las chicas ejercía de camarera y el resto se contoneaba entre los hombres, ofreciendo la mercancía. Eran una docena, jóvenes y bellas, de cuerpos turgentes.
Igual lo continuo algún día.

RSS Feed (xml)







3 ladridos:
Me gustaría leerlo :c)
Deberías continuarlo. Mola un montón. Aunque conociéndote, no lo harás. Jajaja.
Más te vale seguir "plagiandome" guarrilla XD
Espectacular
Publicar un comentario en la entrada